Cómo alineamos la identidad individual con la colectiva.
Como introducción quiero dejar sentada una postura. Este ensayo va a estar escrito de forma coloquial y suelta, haciendo eco quizás de lo que dijo Foucault en su Curso del 7 de Enero de 1976, no busco construir un discurso que por su oscurantismo y complejidad se autovalide como saber. Me interesa en este texto explorar mi frustración con la llamada política de identidad a partir de dos vectores principales, uno es el choque entre la identidad como un suceso de experiencia personal versus un aglutinador colectivo. El otro eje a explorar es cómo la estética que construye la identidad aglutinada esconde representaciones e intereses dispares. Principalmente a través del feminismo y los sistemas de género pero tomando pautas y cuestionamientos de las luchas antirracistas estadounidenses y queer.
La identidad cumple dos propósitos. Funcionalmente opera como un marco teórico a partir del cual nos conceptualizamos, formamos abstracciones de nosotrxs mismxs, necesariamente fetichizadas, para darnos sentido como entidades complejas.
En esta sociedad, el único marco teórico a partir del que sé operar, la Identidad es una barra libre de ensaladas. Se nos presenta un menú de rótulos y gustos a partir de los cuales definirnos y así, por piezas, vamos armando un sujeto como en esos negocios yanquis dónde arman osos de peluche.
Aparece esa dicotomía clásica, cuerpo y alma. Existo simultáneamente como una experiencia material de opresión y también como unx sujetx libre que se piensa como abstracción. Cuán real o funcional es esa dicotomía, que utilidad tiene al propósito de la disputa de los sistemas de opresión. Estas preguntas iremos recorriendo a lo largo de este texto.
¿Quién soy entonces? Soy un deporte, unas películas, soy maquillaje o la parrilla con amigos, soy lo que consumo mientras me construyo como producto atractivo que interpele a comprar.
Hay, según dicen las leyendas, otra identidad. La base a partir de la cual fundamos quienes somos. Si me maquillo y bailo es porque SOY mujer, porque así es una mujer, porque así me dijeron que era ser mujer y no supe mejor que hacerles caso. Esta identidad, entonces, opera no como tenedor libre de subjetivación sino como ración de guerra, lo que toca toca.
Esta distribución no existe sin problemas, lo que toca toca y a algunas personas las cagan. Al asumir la estafa se colectiviza la resistencia. Aparece entonces la dimensión política de la identidad, usamos ese rótulo impuesto para establecer la solidaridad, para visibilizar la experiencia compartida de ser cagadxs de un techo.
Antes de pensar qué es ser mujer voy a preguntar para qué sirve preguntarnos esto. El supuesto fundante del planteo es que hay por lo menos un subgrupo de la población humana con un acceso limitado a su autonomía. Para articular esta disparidad lo conjuntamos como feminidad y a partir de eso organizamos un movimiento político nucleado alrededor de alguna idea de qué es ser mujer, maleable en función del tiempo y del propósito político.
Esta idea de mujer, sin embargo, no está libre de pecado. En las instancias fundantes del feminismo original en Estados Unidos, por ejemplo, las mujeres negras cuestionaron duramente la sujeta central. Tanto Angela Davis como Soujourner Truth nos marcan esta disputa. Esta última, en su discurso titulado “Ain’t I a Woman” problematiza como su experiencia yace por fuera del uso que se da a la palabra mujer. Ella dijo:
“Bueno hijos, cuando hay mucho alboroto es porque algo está pasando. Creo que tanto los negros del Sur como las mujeres del Norte están todos hablando de derechos y a los hombres blancos no les queda más que ceder muy pronto. Pero, ¿De qué se trata lo que estamos hablando aquí? (...) He arado y sembrado, y trabajado en los establos y ningún hombre lo hizo nunca mejor que yo. ¿Acaso no soy una mujer? Puedo trabajar y comer tanto como un hombre, si es que consigo alimento, y puedo aguantar el látigo también. ¿Acaso no soy una mujer? Parí trece hijos y vi como todos fueron vendidos como esclavos, cuando lloré junto a las penas de mi madre nadie, excepto Jesús Cristo, me escuchó ¿Acaso no soy yo una mujer?”