Introducción
La intención de este trabajo es, primero y principal, ser legible y accesible. Haciendo eco de lo dicho por Michel Foucault en su Curso del 7 de Enero de 1976, no busco construir, a partir de un lenguaje rebuscado y academicista, que mis palabras tomen una estética intelectual. Escribiré lo que tenga para decir dejando su validez intelectual en manos de lx lectorx.
Este texto va a explorar cómo se construyen los sistemas identitarios y qué dificultades presentan a la hora de articular movimientos políticos emancipatorios. Vamos a enfocarnos, principalmente, en el análisis del feminismo y los movimientos antirracistas.
Identidad política vs psicológica
El primer paso en nuestro recorrido será, entonces, identificar cuáles son las formas existentes de conceptualizar la identidad. Observemos, entonces, las conceptualizaciones del género.
La idea de género en contraposición al sexo, como la conocemos hoy, surgió a partir del campo de la psicología. Esto nos da el pié para pensar el primer sentido de la identidad en el habla moderna. Partimos de la autodeterminación, usando este marco teórico, conceptualizamos la identidad como un tenedor libre o un build-a-bear. Nos constituimos como sujetxs a partir de identificarnos con diversas etiquetas, en respuesta a nuestras experiencias, legados históricos o nuestra mera autopercepción. Nos incorporamos a un marco teórico a partir del cual podemos considerarnos una entidad definible.
Estas identidades no son solamente ser de Boca o de River, ver cine francés o Marvel. El sentido en el que enfocamos el ensayo toma a la identidad como un aglutinador colectivo que da pie a la movilización política. Esta concepción parte de definir un sujeto oprimido a partir del cuál se moviliza la organización.
Aparecen entonces estas dos concepciones opuestas, reminiscentes de la clásica dicotomía cartesiana cuerpo/alma, en orden inverso. La identidad como autodeterminación responde al alma, una entidad indefinible que poseemos a nuestro interior, nuestra subjetividad. Al definir esta dualidad, Descartes escribe “(...) Cuando considero mi espíritu (...) no puedo distinguir en mí partes sino que me entiendo como una cosa sola y entera”. Voy a tratar los dos descriptores por separado.
La noción de identidad existe para dar una respuesta desarrollada a la “cosa sola”, nos permite autoconceptualizarnos como un ente coherente y reducible a un punteo. La parte de “entera” resalta esta división, mientras que la autodeterminación nos lleva a considerar la identidad como una taxonomía aditiva que finaliza con nuestra entidad como sujetxs, frente a fines políticos se suele utilizar como unidades discretas, se es simultáneamente mujer, negra y lesbiana como vectores diferenciados de la opresión. Llegamos a una contraposición en la cual se enfrentan bajo una misma palabra dos conceptos contradictorios. La identidad como reacción frente a una materialidad opresiva o cómo síntesis descriptiva de nuestra subjetividad.
Habiendo establecido esta dicotomía voy ahora a reconfigurarla. En vez de tomar ambas posiciones como polos irreconciliables consideremos el modelo dialéctico. Un par, tesis y síntesis que a partir de su contraposición dan lugar a la formación de la síntesis, donde reside la real identidad.
Nos constituimos como entidades individuales a medida que interactuamos con los sistemas y relaciones de poder en los que estamos inmersxs. A partir de un proceso dialéctico en el cual buscamos modificar nuestras condiciones mientras estas nos modifican a nosotrxs. Como dijo Galeano: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Somos nuestra agencia para operar dentro y contra las estructuras que habitamos, con nuestra autoidentificación nos enmarcamos en las condiciones sociales de opresión y tomamos partido. Profundizar y resignificar nuestras etiquetas articula respuestas políticas y nuestro lugar en ellas.
Podemos observar esta dinámica en el proceso de aburguesamiento en la población afronorteamericana, identidad muy ligada a la pobreza y los guetos urbanos. En este artículo la autora relata cómo la incorporación al mundo burgués y universitario requiere una recomposición social de los sujetos. Ella plantea dos casos opuestos, de una mujer que se incorporó a este funcionamiento y de un hombre que lo rechazó. A partir de esto podemos observar cómo sus contextos formaron una subjetividad, que lxs llevó a querer cambiar ese contexto y, presentadxs frente al requerimiento de ese contexto de modificar su subjetividad, se posicionaron de maneras opuestas en la relación de poder.
Limitaciones de la identidad como aglutinador político
Teniendo entonces un una identidad a partir de la cual formar sujetos políticos, nos vemos frente a la necesidad de preguntarnos cuán genuinamente estos sintagmas sociales sirven para articular las experiencias reales de opresión. Para eso tenemos que retomar un hilo que había quedado suelto durante la enunciación previa. Rebobinando unas líneas, señalé que “frente a fines políticos se suele utilizar como unidades discretas, se es simultáneamente mujer, negra y lesbiana como vectores diferenciados de la opresión”. Esta idea ha sido problematizada desde el surgimiento de la organización emancipatoria a partir de aglutinadores identitarios.
En Mayo de 1851, durante la infancia del primer movimiento feminista, la ex esclava Sojourne Truth proclamó frente a la Convención por los Derechos de la Mujer:
“Bueno hijos, cuando hay mucho alboroto es porque algo está pasando. Creo que tanto los negros del Sur como las mujeres del Norte están todos hablando de derechos y a los hombres blancos no les queda más que ceder muy pronto. Pero, ¿De qué se trata lo que estamos hablando aquí? (...) He arado y sembrado, y trabajado en los establos y ningún hombre lo hizo nunca mejor que yo. ¿Acaso no soy una mujer? Puedo trabajar y comer tanto como un hombre, si es que consigo alimento, y puedo aguantar el látigo también. ¿Acaso no soy una mujer? Parí trece hijos y vi como todos fueron vendidos como esclavos, cuando lloré junto a las penas de mi madre nadie, excepto Jesús Cristo, me escuchó ¿Acaso no soy yo una mujer?”
Ella remarca el choque entre su feminidad y estatus racial, dando la pauta de que su intersección no ocurre en forma de adición simple, sino dando lugar a una materialidad única. Su experiencia de la feminidad y por consiguiente del patriarcado se encuentra inextricablemente ligada a su experiencia del racismo y pobreza. En términos prácticos ella estaba denunciando la falsa representatividad de la idea de mujer bajo la cual operaba la convención. Angela Davis provee una perspectiva ampliada, explicitando a la figura de la feminidad de este movimiento como representativa únicamente de una experiencia blanca y burguesa, dejando de lado las necesidades urgentes de las feminidades proletarias y negras.
Vemos entonces cómo el uso simplificado del sintagma mujer se usa para referirse exclusivamente a su sector más alineado a las relaciones de poder. Aparece, también, en la lucha por el matrimonio igualitario, reivindicación centrada en el traspaso de propiedad y por lo tanto un interés principalmente de la fracción propietaria del espectro queer.