Descartes en la cuarta parte del Discurso del Método plantea que se debía rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiese imaginar la menor duda. Y también se debía rechazar lo que los sentidos nos hacen imaginar, ya que estos a veces nos engañan. Continua diciendo que él estaba expuesto a errar al razonar tanto como cualquier otro, y por esta razón rechaza como falsas todas las razones que antes había tenido por demostraciones. Y finalmente, al considerar que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos nos pueden venir cuando dormimos, sin que, en ese caso, ninguno de ellos sea verdadero, resuelve suponer que ninguna de las cosas que jamás hubieran entrado en su espíritu era tampoco más verdadera que las ilusiones de los sueños.
Pensando que todo era falso, entendió que era necesario que él, que lo que pensaba, sea algo. “Yo pienso, luego soy”, se constituyó así en el primer principio firme de su filosofía. Descartes expresa en este texto que el alma es diferente del cuerpo.
“(…) mientras de este modo quería pensar que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese algo. Y notando que esta verdad: yo pienso, luego soy, era tan firme y cierta, que no podían quebrantarla ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía admitirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que estaba buscando.
Después, al examinar con atención lo que yo era, y viendo que podía suponer que no tenía cuerpo alguno, y que no existía ningún mundo ni ningún lugar donde yo estuviese; pero que no por ello podía suponer que yo no existía; y que al contrario, ya sólo del pensar en dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía muy evidente y ciertamente que yo existía; mientras que si sólo hubiese dejado de pensar, por más que hubiese sido verdadero todo el resto de lo que alguna vez imaginado, no tenía razón alguna para creer que yo existía; por todo ello conocí que yo era una substancia cuya esencia o naturaleza entera consiste únicamente en pensar, y que para existir no necesita lugar alguno, ni depende de ninguna cosa material. De manera que este yo, es decir, el alma, por la que soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo; y hasta es más fácil de conocer que éste, y aunque él no existiese, ella no dejaría de ser todo lo que es”.
En la página 25 del libro un Uppercut al Dualismo (Marie Bardet) podemos ver como se enumeran las dos sustancias fundamentales, definidas en oposición una a la otra: Res extensa (el cuerpo) y res cogitans (el alma). Es este gesto que envuelve diferenciación—oposición binaria-jerarquización el que canaliza esta constatación de numerosas diferencias en una oposición punto por punto que define de un lado una sustancia divisible, extensa, material, no pensante, y del otro, una sustancia indivisible, inextensa, inmaterial, pensante.
Sin embargo, podemos ver como Elisabeth de Bohemia, en el intercambio de correspondencia con Descartes el 16 de mayo de 1643, le pide una definición del alma más específica de la que ha dado en su Metafísica, es decir una definición de su sustancia, separada de su acción, el pensamiento.
“(…)rogándole que me diga cómo es que el alma del hombre puede determinar a los espíritus del cuerpo para realizar las acciones voluntarias (siendo que solo es una sustancia pensante). Pues parece que toda determinación de movimiento se hace por el impulso de la cosa movida, y la manera en la cual es empujada por aquella que la mueve, o bien por la cualidad y figura de la superficie de esta última. En las dos primeras condiciones se requiere el contacto, en la tercera se requiere la extensión. Usted excluye por entero a ésta de la noción que tiene del alma, y aquél me parece incompatible con una cosa inmaterial”.
Descartes, responde a la duda de Elisabeth el 21 de mayo de 1943.
“De este modo yo creo que se ha confundido la noción de la fuerza por la que el alma actúa en el cuerpo, con aquella en la que un cuerpo actúa en otro cuerpo, y hemos atribuido una y otra, no al alma, pues todavía no la conocíamos, sino a las diversas cualidades de los cuerpos, como la pesantez, el calor y las demás, que hemos imaginado como reales, es decir como teniendo una existencia distinta de la del cuerpo, y por consiguiente como sustancias, aunque las hayamos llamado cualidades. Y hemos usado, para concebirlas, a veces las nociones que están en nosotros para conocer el cuerpo, y a veces las que están allí para conocer el alma, según que lo que les hayamos atribuido haya sido material o inmaterial”.
Algo muy interesante que explica Descartes en la carta del 28 de junio de 1643, es que los pensamientos metafísicos, que ejercen el entendimiento puro, sirven para volvernos familiar la noción del alma; el estudio de las matemáticas, que ejerce principalmente la imaginación en la consideración de las figuras y de los movimientos, nos acostumbra a formar nociones del cuerpo bien distintas; finalmente, es mediante la vida y las conversaciones ordinarias, y absteniéndose de meditar y de estudiar las cosas que ejercitan la imaginación, que aprendemos a concebir la unión entre el alma y el cuerpo.
Con relación a la pregunta sobre si hay una diferencia radical entre nosotrxs, como sujetxs pensantes, y los otros seres naturales, me parece pertinente traer a la reflexión un fragmento del asunto de los autómatas, ya que se plantea una diferencia muy interesante en comparación con los cuerpos humanos.
Si se pensaba que el cuerpo (como toda la naturaleza) era sólo un conjunto muy complejo de mecanismos, carente de pensamiento y sentimientos (sin conciencia, entonces), podía ser un verdadero desafío el de crear cuerpos como los nuestros, que funcionaran por sí mismos y que aparentaran, entonces, tener vida propia, pero que no fueran humanos en realidad, ya que carecen de la capacidad de sentir, pensar y ser conscientes.
La capacidad o incapacidad de pensar de manera consciente me parece que es una diferencia radical entre los sujetxs pensantes y los otros seres naturales.